Cada año, el Pulso GNP convierte a Querétaro en el punto de encuentro de miles de melómanos que llegan buscando una sola cosa: buena música y una excusa decente para desaparecer del trabajo todo un fin de semana. Pero antes de cantar a grito pelado con Zoé o armar slam con Maldita Vecindad, hay una misión que cumplir: llegar al festival sin perder la paciencia, la cartera o la dignidad.
El Autódromo de Querétaro es el escenario de esta edición y, aunque suena muy “fácil de llegar”, la historia real es otra. Si vas desde CDMX, el camino más directo es por la carretera México-Querétaro (sí, esa que siempre está llena de trailers y sueños rotos), pero al menos el paisaje es bonito. En auto particular, lo ideal es salir temprano, porque el tráfico se pone tan denso como las letras de Enjambre. También hay opciones de autobuses oficiales que parten desde varias ciudades, perfectos para los que prefieren dormir o iniciar la fiesta antes de tiempo.
Una vez dentro, lo difícil no es llegar, sino irse. Por eso muchos deciden quedarse una noche más en el centro histórico de Querétaro, un lugar tan pintoresco que hasta parece que el tiempo se detuvo (y el Wi-Fi también). Ahí pueden encontrar desde hoteles boutique con nombres sofisticados hasta hostales que huelen a juventud y cerveza artesanal.
Y si la cruda del domingo te lo permite, hay joyas escondidas a solo unos minutos: el mirador de los Arcos, el Templo de Santa Rosa de Viterbo, o un paseo tranquilo por Jardín Zenea. Para los que aún no superan la resaca emocional del festival, una parada obligada es el Mercado de la Cruz, donde el consomé y los tacos de barbacoa hacen milagros que ni el GNP cubre.
Así que sí, el Pulso GNP no solo es música; también es la excusa perfecta para perderse entre las calles coloridas de Querétaro, tomarse un café sin prisa y pensar: “ya quiero que sea el siguiente festival”.







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